TERCER PREMIO DE PROSA
por: Olga María Ramos Cáceres
PRETÉRITO PRESENTE


Marcos "El Confeso"
C/ Maravillas, S/N
Paraje Mágico-15. 600
(Lugar de Ensueño)

Compañero de Revelaciones
Plaza de España, 12
Riópar-02450
(Albacete)


Paraje Mágico, a 22 de Julio de 2002


Estimado amigo:
En primer lugar procederé a presentarme. Mi nombre es Marcos. Tengo 58 años y nací en París. Soy hijo de emigrantes españoles que dejaron su
tierra para buscar mejor fortuna. Pero como no creo que usted esté interesado en conocer mi abultada biografía, inmediatamente procederé a
describirle el asunto de mi carta, cuestión insólita que ha dado un vuelco a mi vida irremediablemente.
Me encontraba yo por aquellos años de mi alocada juventud profundamente interesado en todos aquellos temas relacionados con la psicología,
inquietud que se transformó en una enfermiza obsesión y que me empujaba, de forma impulsiva, a devorar cientos y cientos de libros sin descanso.
Pero este no era el único campo que me interesaba, ya que los libros de psicología se iban intercalando con otros volúmenes que escudriñaban la
religión budista y la reencarnación, fenómeno en el que creía, y creo, a pie juntillas.
Dado el interés que despertaban en mí todos aquellos temas, siempre procuraba entablar amistad con personajes sabedores de la materia. Este
hecho me llevó a conocer a Rôget, psicólogo parisino de renombrado prestigio con el que compartía mi creencia en la reencarnación y con el que
llegué a alcanzar una estrecha amistad.
Resultó ser que un día, sumidos ambos en una profunda tertulia mientras disfrutábamos de un café a orillas del Sena, propuse a mi amigo que me
sometiera a una regresión, invitación que, de manera irrefutable, no dudó en aceptar. Fijamos el día y la hora en el que me zambulliría en mi pasado
más remoto, apasionante y cautivador experimento que me quitó el sueño durante tres noches consecutivas.
Llegado el día, acudí a la consulta de mi compañero con el firme propósito de comprobar mi teoría de que la reencarnación existía, pero jamás pude
imaginar que tan puntual suceso cambiaría mi vida para siempre. Una vez tumbado en la camilla, me sumí en un dulce y profundo sueño que me
llevó, en un primer momento, a mi más tierna infancia. Y en aquella fase comencé a hablar otra vez como un bebé, volviéndome caprichoso,
descontrolando mis esfínteres y pidiendo una alimentación líquida propia de este estadio. Después me encontré engurruñado en el cálido útero
materno.
De repente me hallé posado en una tosca peña, observando cómo el Astro levitaba en las primeras horas del día, y una vez que los rayos de Sol
comenzaron a calentar la gaseosa atmósfera, emprendí el vuelo, a la caza y captura de las corrientes ascendentes, dejándome llevar por ellas
describiendo amplios círculos. Tenía la cabeza y el cuello desguarnecidos de plumas. Mis alas, extremadamente largas y anchas, me permitían
practicar el vuelo planeado con un éxito inigualado en el mundo de las aves. Me había convertido en un buitre leonado. Volé incansablemente horas
enteras sin mover las alas, a más de 3.000 metros de altitud y a una velocidad de 45 km./h En un abrir y cerrar de ojos mi extraordinaria vista
descubrió la presencia de un animal muerto, por lo que no tardé en descender para alcanzar el cuerpo que yacía en la ladera. Era una cabra montés.
Festejé sobre el cadáver mi banquete y después me alimenté de su carroña. Con mi ganchudo pico desgarré el cuero de la cabra y le arranqué
jirones de carne que engullí con ayuda de mi lengua rasposa. Una vez limpios los huesos del animal reposé con las alas extendidas para absorber la
luz solar, acto que me permitía mantener mis plumas en buen estado. Después emprendí el vuelo de nuevo.
Ascendiendo a las más altas cotas como velero en las alturas, poderoso y libre, me adentré en el corazón de la serranía, paraje mágico donde la
naturaleza viva rebosaba de esplendor. Cual si fuese un aventurero explorador, me embelesé con los frescos y cristalinos manantiales que
rezumaban de la tierra empapada, me zambullí en las faldas de imponentes escarpes, paseé a la sombra de frondosos bosques, guiado por el
murmullo del oro líquido, y atravesé extensos pinares que compartían su territorio con jabalíes, ciervos y zorros.
Me quedé extasiado cuando, a través de la Cañada de los Mojones, llegué a la Cueva de los Chorros, por cuya entrada accedí cual si estuviese
pisando un templo sagrado. Las marmitas, cascadas, lagos, estalactitas y estalagmitas que tapizaban aquellas galerías laberínticas de origen
cárstico abrazaban a un río subterráneo que parecía pasear sin prisas. Detuve mi camino durante unos instantes para poder contemplar cómo la
Naturaleza me había dado el privilegio de descubrir todos sus inescrutables secretos. En aquel lugar donde la sublime brillaba por su presencia, me
deje rodear por aquel paraje natural que superaba con creces la belleza suprema. Borracho por el canto del agua decidí volver al exterior de la cueva.
Alcé el vuelo de nuevo y me dejé pulverizar por aquella cascada que escupía finísimas gotas de agua cristalina. Después me embelecé con el
anfiteatro rocoso que daba a luz, en pleno farallón calizo, al Río Mundo. ¿Cómo podría describirte tan sublime belleza? En aquel grandioso
espectáculo natural donde la roca parecía convertirse en líquido, el agua labraba impresionantes acantilados dando lugar a un rosario de saltos y
cascadas que se remansaban en las cristalinas "calderetas". Podía respirarse la paz con la que la omnipresente naturaleza abrazaba aquel
asentamiento, el agua fresca rezumaba por donde quiera que alcanzara la vista, las encinas y quejigos se hacían hueco entre los verdeantes pinos
sobrevolados por ávidas rapaces... La atmósfera que estrujaba a aquel bíblico paisaje era una especie de lienzo impresionista donde las pinceladas
del opalino cielo se difuminaban con esa alfombra verde que era la serranía.
Siguiendo el susurro de serpenteantes arroyos alcancé el Lago de las Truchas. En este rincón de incomparable belleza, donde la foresta y una gran
variedad de árboles custodiaba un pequeño lago de aguas cristalinas, pude contemplar la trucha común, que tras remontar el Río Mundo venciendo
impetuosas corrientes había alcanzado aquel lago para reproducirse. Descansé y me relajé con la sensación de estar en un sitio recóndito y perdido
en la inmensidad del bosque, donde el silencio tan solo se rompía con el canto de algún pájaro o con el chapoteo de las truchas.
Bajo el cielo azul que custodiaba tan generosa naturaleza seguí una senda que me llevó a la Fuente de Pedorrilla, donde sacié mi sed bebiendo el
agua caprichosa que saltaba entre la verde maraña y los restos de roca.
Proseguí mi vuelo, esta vez a más altura, deleitándome con el cante de las currucas, lavanderas y ruiseñores. Rodeado de silencio y de sombras
que impedían el crecimiento del soto bosque sobrevolé el Calar del Mundo, la Cueva y el Valle de los Chorros, la Cañada de los mojones, el Lago de
las Truchas, la Fuente de la Pedorrilla, la Cueva del Camino y del Farallón. Desde aquella panorámica también pude atisbar el Barranco de los pinos,
la Fuente de las Raigadas, el Arroyo de la Puerta y el del Molino.
Levitando sobre aquel enmarañado vergel de vegetación cuajado de manantiales, simas y cavidades, sentí cómo podía tocar el cielo con mis alas
bailando al compás del viento; Sentí como el Mundo estaba bajo mí, regalándome las mejores alhajas de la Naturaleza.
Sumido en aquel edén de delicias y encantos que embalsamaban mis sentidos alcancé un estado letárgico en el que mi alma, desnuda y privada
hasta de la conciencia, halló la redención del dolor y del mal y gozó de un perfecto reposo, alcanzando la felicidad suprema.
Sentí un chasquido y abrí los ojos lentamente con una plácida sonrisa entre los labios. Había regresado del pasado y ahora me encontraba en
posición horizontal en la camilla de la consulta de Rôget. La regresión había concluido... y mi vida había cambiado.
Regresé a casa presuroso y puse patas arriba todos los libros de mi biblioteca. Al fin encontré el volumen que buscaba: "Paraísos de la Naturaleza".
Busqué y rebusqué ansioso entre sus páginas hasta que di con Riópar, en la Sierra de Alcaráz. Todo coincidía. Entonces comprendí que la
metamorfosis que me había convertido en buitre leonado había tenido lugar en el corazón de tan soberbia serranía. Entendí que el barullo de las
ciudades humanas no me servía más que de tortura. Mi espíritu bohemio sólo pudo hacer una cosa: hacer las maletas, dejar la ciudad de los
Campos Elíseos y viajar a Riópar.
Ahora vivo en Riópar, en una pequeña casa donde ríos de flores brotan a mares por las ventanas. Me dedico a la alfarería, artesanal oficio que me
hace extraerle a la tierra y al agua toda su rústica belleza. Mi esposa confecciona bellas mantas con la pura lana virgen que nos brindan nuestras
ovejas y utilizando las técnicas manuales de antaño.
Continúo leyendo apasionantes libros del brahmanismo, afición que ahora comparto con la contemplación de la virginal naturaleza, paraíso ~o
terrenal que regala a mis sentidos todo tipo de maravillosas sensaciones, trono visible de la majestad divina.
Querido amigo, cree en las palabras de quien te ha contado su experiencia y hallarás en esta serranía algo más que en los libros. Sus árboles y sus
pedruscos te enseñarán cosas que no podrás aprender de labios de ningún maestro. El arte, la gloria y la libertad se marchitan, pero Riópar y su
Sierra siempre permanecerán bellas.

Atentamente:
Marcos
"El Confeso"