SEGUNDO PREMIO DE PROSA
por: Emiliano Pérez García
Eustaquio coronó dificultosamente la empinada cuesta. No era fácil caminar con aquella ventisca y la nieve casi a la rodilla, pero ya estaba
en casa.
Los carámbanos colgaban de las canaleras como imitando la Cueva del Farallón y la superficie de la balsa estaba totalmente arreguillada.
Antes de entrar, sacudióse las botas para librarlas de la nieve y hacer entrar en calor los ateridos pies. Se quitó pelliza y boina y las sacudió a
conciencia antes de abrir la puerta.
Levantando la aldaba penetró en la casa, dejó en el rincón más fresco de la alacena la lechera llena de tibia leche de cabra recién ordeñada y
acercándose al atroje tomó dos piñas, unas astillas y algunos cándalos que se dispuso a encender en la fría chimenea. Cuando las llamas
comenzaron a danzar iluminando la estancia, acercó el pucherete del café y se tendió en el tarimón, tapándose con una retalera, esperando
entrar en calor y que se calentara la infusión.
Había sido un día muy duro pero sus ovejas estaban ya en los corrales y podía olvidarse, por fin, del lobo que merodeaba por aquellos cerros.
Una vez hubo reposado un tanto, encendió la radio y se dispuso a enterarse de lo que pasaba por el mundo, mientras saboreaba su recuelo.
Otra vez estaban a vueltas los judíos con los palestinos y las cosas no iban a mejor en los asuntos de la política nacional. Prestó especial
atención al parte meteorológico que repasaba los problemas que la ola de frío había producido en Barcelona y se quedó más tranquilo al
enterarse de que para los próximos días se esperaba un tiempo más bonancible.
Tomó papel y bolígrafo y se dispuso a escribir...

Se quedó sumido en un sueño profundo y reparador mientras que el viento seguía cantándole su inacabable canción de cuna...
Arrullado por el ulular del viento, Eustaquio se fue quedando dormido dulcemente y le pareció volver a escuchar la voz de su esposa diciéndole:
Mientras pone la carta en el sobre y pega el sello con un enérgico lengüetazo recuerda cómo fueron marchando los chicos a la capital;
unos a Madrid, otro a Barcelona... Eran buenos operarios y enseguida se establecieron por su cuenta. Los talleres que les había
ayudado a montar con grandes sacrificios, todos sus ahorros y algún bancal que había vendido, iban viento en popa. Se habían ganado,
como tantos otros obreros salidos de Riópar, un merecido prestigio profesional en el ramo de la industria metalúrgica y estaba orgulloso
de ellos.
Él siempre había sido agricultor, nunca trabajó en las Fábricas; por eso, cuando llegó el tiempo del éxodo era demasiado joven para
retirarse y demasiado mayor para comenzar un nuevo oficio y se quedaron solos en el cortijo.
Veían a los hijos cuando venían en los veraneos, para las Fiestas de Riópar y poco más, además de alguna vez que ellos se acercaron
a verlos, pero por poco tiempo porque los animales y los sembrados no se podían dejar solos.
Pero pronto iba a ser el aniversario de la muerte de su esposa, un año de soledad interrumpido a duras penas por alguna corta visita de
los chicos. Las tareas del cortijo le habían mantenido durante este tiempo con la mente ocupada y no tuvo apenas ocasión de pensar
en su situación; pero ahora se encontraba sólo, sin nada que hacer, en la penumbra de la cocina, a la tenue luz del rescoldo de la
chimenea.
El viento soplaba con insistencia y se oía por la chimenea su largo ulular. Con aquel tiempo tan desapacible se veía en la necesidad de
quedarse recluido en la casa sin poder salir y ¡qué largas se hacían así las horas!.
Era tan diferente cuando hacía buen tiempo y pasaba el día cuidando sus animales y su huerto, pero ahora le pesaba la soledad, la falta
de alguien con quien poder charlar o echar una partida de cartas y, además, la distancia al pueblo le disuadía de bajar al bar con el
tiempo que hacía.
¿Tendrían razón sus hijos? ¿debería abandonar el cortijo y bajarse al pueblo?. Éstos y otros muchos pensamientos le rondaban por la
cabeza hasta que decidió tomar algo e irse a la cama. Sin muchas ganas de ponerse a hacer de cenar, se preparó un tazón humeante
de leche, tomó una hogaza de pan y cortó una buena rebanada que troceó para hacerse unas sopas como cuando era chico. Tras tan
frugal refrigerio se dirigió a la lumbre, tomó con la badila unas paladas de ascuas y cargó el calentador de cama. Siempre había dicho
que frente a la comodidad de la calefacción estaba el placer incomparable de unas sábanas calientes; le parecía que era como
retornar al claustro materno, tibio y acogedor.
Arrebujado entre las sábanas que olían al calor de las brasas, sus pensamientos se perdieron en los vericuetos del recuerdo, de los
años felices de recién casados y de los años duros y difíciles de la posguerra; de la dicha de ver crecer a los hijos y el vacío de la
ausencia de su amada esposa y, como tantas veces hicieran al caer la noche; en la soledad de la alcoba, comenzó a contarle los
sucesos del día, sus preocupaciones y proyectos, sus dudas...