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Al pié de la altiva torre
cuida sus flores la bella
pero, cuanto más las cuida,
más se acrecienta su pena,
pues es tan dura la roca
que ni los arbustos medran,
y los rosales no crecen,
y ella con árboles sueña.
-¿Porqué me trajiste amado
desde Valencia y su huerta
de perfumados naranjos
a esta enorme roca yerma?.
Déjame al menos, esposo,
que baje hasta la ribera,
a las orillas del Mundo
o del Río de la Vega,
donde las aves anidan
y cantan en la arboleda.
No debes bajar al río,
los cristianos están cerca,
corres un serio peligro
si del castillo te alejas.
Al pie de la altiva torre
cuida sus flores la bella,
y al contemplar los pinares
que alegran toda la sierra,
tan cerca pero prohibidos,
más se acrecienta su pena.
En el jardín del Castillo
hicieron miles de pruebas,
plantaron pinos, nogales,
encinas, chopos, higueras...
ni los enebros arraigan
en aquella dura peña.
Con cada nuevo fracaso
Zulema se desespera,
se marchita su alegría
cuando los brotes se secan,
al pie de la altiva torre
llora de nostalgia y pena.
De Riópar en la cima,
al castillo de la hiedra
arribaron mensajeros
portando una buena nueva,
hablan de nuevas especies
de superior resistencia
cultivadas por expertos
en el Reino de Valencia.
En su búsqueda partieron
y abandonaron su tierra;
el esposo en su caballo
le dice adiós a Zulema
y con cuatro por escolta
dejó aquella fortaleza,
sin reparar en peligros
ni en los riesgos de la guerra.
Oteando en la distancia
pasa sus días Zulema
pasa las noches rezando
¡Que Alá le dé buena vuelta !
y los días se hacen meses
y el esposo que no llega...
Cierto día, unos jinetes,
cabalgando por la vega,
llegaron hasta el castillo
por la empinada ladera,
portando al esposo muerto,
víctima en una refriega
cuando cruzaban los puertos
cuando ya estaban de vuelta.
La cimitarra mantiene
asida en su mano diestra,
por más que lo han intentado
es inútil, no la suelta;
como si aún, después de muerto
un tesoro defendiera,
más firme que mil cerrojos
guardado en su mano izquierda.
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A mi padre que un día escribió esto:
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"sus ruinas el Castillo de la Hiedra
llora en la brava cumbre de granito
Riópar a sus pies, manso y contrito,
mira al gigante de vetusta piedra..."
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De Riópar en la cima
hay duelo en la fortaleza,
ni los más bravos guerreros
saben ocultar su pena.
En el jardín, una tumba
manda preparar Zulema
para enterrar a su amado
y a sus ilusiones muertas,
y lloró de día y noche
y lloró sin paz ni tregua,
y las nubes desde el cielo
lloraron sobre la sierra.
Pasaron un mes tras otro
y llegó la primavera,
la alegría de los campos
hasta el castillo no llega,
el jardín abandonado
y sólo la tumba riegan
lágrimas inagotables
de los ojos de Zulema.
Sobre aquella tumba brotan
tiernos tallos, tiernas yemas,
y se despliegan las hojas
de un arbolillo que eleva
sus verdes ramas al cielo
como un grito de la tierra,
como vegetal plegaria
dirigida a las estrellas;
olmo negro que, de luto,
su triste origen recuerda.
Poco a poco se hizo fuerte
y creció, ramas abiertas,
dando su sombra, consuelo
para el dolor de Zulema.
Pasado el tiempo y sintiendo
llegada su hora postrera,
Zulema le dijo al árbol
abrazada a su corteza:
-Quiero dormir a tu sombra,
donde mi esposo me espera;
con su amor te dio la vida
y mi amor te dará fuerza,
verás caer a la torre,
al castillo y sus almenas,
y así a través de los siglos
serás símbolo y emblema
de que el amor siempre arraiga
hasta en la más dura piedra.
De Riópar en la cima
del castillo de la hiedra,
cayó aquella altiva torre,
los muros y las almenas,
y los siglos, bajo el árbol,
vieron cruzarse promesas,
y entrecruzarse las manos,
y al pueblo bailar en fiestas.
Así fue lugar de encuentro;
como predijo Zulema,
símbolo de amor y dicha
y punto de referencia,
aunque de esta vieja historia
nadie en el pueblo se acuerda.
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e-mili@no
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